1. Avisos para la Oración y la Devoción de Fray Luis De Granada


Avisos para el Santo arte de la Oración

I

Sea, pues, el primer aviso éste, que cuando nos pusiéremos a considerar alguna cosa de las susodichas en sus tiempos y ejercicios determinados, no debemos estar tan atados a ella, que tengamos por mal hecho salir de aquella a otra, cuando halláremos en ella más devoción, más gusto o más provecho. Porque, como el fin de todo esto sea la devoción, lo que más sirviere para este fin, eso se ha de tener por lo mejor. Aunque esto no se debe hacer por livianas causas, sino con ventaja conocida. Asimismo, si en algún paso de su oración o meditación sintiere más gusto o devoción que en otro, deténgase en él todo el espacio que le durare este afecto, aunque todo el tiempo del recogimiento se le vaya en eso. Porque como el fin de todo esto sea la devoción, como dijimos, yerro seria buscar en otra parte con esperanza dudosa lo que ya tenemos en las manos cierto.

II

Sea el segundo, que trabaje el hombre por escusar en este ejercicio la demasiada especulación del entendimiento, y procure de tratar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad, que con discursos y especulaciones del entendimiento. Porque sin duda no aciertan este camino los que de tal manera se ponen en la oración a meditar los misterios divinos, como si los estudiasen para predicar, lo cual más es derramar el espíritu que recogerlo, y andar más fuera de sí que dentro de sí. De donde nace que, acabada su oración, se quedan secos y sin jugo de devoción, y tan fáciles y ligeros para cualquier liviandad como lo estaban antes. Porque en hecho de verdad los tales no han orado, sino parlado y estudiado, que es un negocio bien diferente de la oración. Deberían los tales considerar que, en este ejercicio, más nos llegamos a escuchar que a parlar. Pues, para acertar en este negocio, lléguese el hombre con corazón de una viejecica ignorante y humilde, y más con voluntad dispuesta y aparejada para sentir y aficionarse a las cosas de Dios, que con entendimiento despabilado y atento para escudriñarlas, porque esto es propio de los que estudian para saber, y no de los que oran y piensan en Dios para llorar.

III

El aviso pasado nos enseña cómo debemos sosegar el entendimiento y entregar todo este negocio a la voluntad. Mas el presente pone también su tasa y medida a la misma voluntad, para que no sea demasiada ni vehemente en su ejercicio. Para lo cual es de saber que la devoción que pretendemos alcanzar no es cosa que se ha de alcanzar a fuerza de brazos, como algunos piensan, los cuales con demasiados ahincos y tristezas forzadas, y como hechizas, procuran alcanzar lágrimas y compasión cuando piensan en la pasión del Salvador, porque esto suele secar más el corazón y hacerlo más inhábil para la visitación del Señor, como enseña Casiano. Y, demás desto, suelen estas cosas hacer daño a la salud corporal, y a veces dejan el ánima tan atemorizada con el sinsabor que allí recibió, que teme tornar otra vez al ejercicio, como a cosa que experimentó haberle dado mucha pena. Conténtese, pues, el hombre con hacer buenamente lo que es de su parte, que es hallarse presente a lo que el Señor padeció, mirando con una vista sencilla y sosegada, y con un corazón tierno y compasivo, y aparejado para cualquier sentimiento que el Señor le quisiere dar, lo que por él padeció, más dispuesto para recibir el afecto que su misericordia le diere, que para exprimirlo a fuerza de brazos. Y esto hecho, no se congoje por lo demás cuando no le fuere dado.

IV

De todo lo susodicho podremos colegir cuál sea la manera de atención que debemos tener en la oración, porque aquí principalmente conviene tener el corazón no caído ni flojo, sino vivo, atento y levantado a lo alto. Mas así como es necesario estar aquí con esta atención y recogimiento de corazón, así, por otra parte, conviene que esta atención sea templada y moderada, porque no sea dañosa a la salud, ni impida a la devoción. Porque algunos hay que fatigan la cabeza con la demasiada fuerza que ponen para estar atentos a lo que piensan, como ya dijimos. Y otros hay que, por huir deste inconveniente, están allí muy flojos y remisos, y muy fáciles para ser llevados de todos vientos. Para huir destos extremos conviene llevar tal medio que ni con la demasiada atención fatiguemos la cabeza, ni con el mucho descuido y flojedad dejemos andar vagueando el pensamiento por do quisiere. De manera que, así como solemos decir al que va sobre una bestia maliciosa que lleve la rienda tiesa, conviene saber, ni muy apretada ni muy floja, porque ni vuelva atrás ni camine con peligro, así debemos procurar que vaya nuestra atención moderada y no forzada, con cuidado y no con fatiga congojosa. Mas particularmente conviene avisar que, al principio de la meditación, no fatiguemos la cabeza con demasiada atención, porque cuando esto se hace, suelen faltar para adelante las fuerzas, como faltan al caminante cuando al principio de la jornada se da mucha priesa a caminar.

V

Mas, entre todos estos avisos, el principal sea que no desmaye el que ora, ni desista de su ejercicio, cuando no siente luego aquella blandura de devoción que él desea. Necesario es con longanimidad y perseverancia esperar la venida del Señor, porque a la gloria de su majestad, y a la bajeza de nuestra condición, y a la grandeza del negocio que tratamos, pertenece que estemos muchas veces esperando y aguardando a las puertas de su palacio sagrado.

Pues cuando desta manera hayas aguardado un poco de tiempo, si el Señor viniere, dale gracias por su venida. Y si te pareciere que no viene, humíllate delante dél y conoce que no mereces lo que no te dieron, y conténtate con haber allí hecho sacrificio de ti mismo y negado tu propia voluntad y crucificado tu apetito y luchado con el demonio y contigo mismo, y hecho a lo menos eso que era de tu parte. Y si no adoraste al Señor con la adoración sensible que deseabas, basta que lo adoraste en espíritu y en verdad, como él quiere ser adorado. Y créeme cierto que éste es el paso más peligroso desta navegación, y el lugar donde se prueban los verdaderos devotos, y que si deste sales bien, en todo lo demás te irá prósperamente.

Finalmente, si todavía te pareciese que era tiempo perdido perseverar en la oración y fatigar la cabeza sin provecho, en tal caso no tendría por inconveniente que, después de haber hecho lo que es en ti, tomases algún libro devoto y trocases por entonces la oración por la lección, con tanto que el leer fuese, no corrido ni apresurado, sino reposado y con mucho sentimiento de lo que vas leyendo, mezclando muchas veces en sus lugares la oración con la lección, lo cual es cosa muy provechosa y muy fácil de hacer a todo género de personas, aunque sean muy rudas y principiantes en este camino.

VI

Y no es diferente documento del pasado, ni menos necesario, avisar que el siervo de Dios no se contente con cualquier gustillo que halla en su oración, como hacen algunos, que en derramando una lagrimilla o sintiendo alguna ternura de corazón, piensan que han ya cumplido con su ejercicio. Esto no basta para lo que aquí pretendemos. Porque así como no basta, para que la tierra fructifique, un pequeño rocío de agua, que no hace más que matar el polvo y mojar la tierra por defuera, sino que es menester tanta agua, que cale hasta lo íntimo de la tierra y la deje harta de agua para que pueda fructificar, así también es acá necesaria la abundancia deste rocío y agua celestial para dar fruto de buenas obras.

Pues, por esto, con mucha razón se aconseja que tomemos para este santo ejercicio el más largo espacio que pudiéremos. Y mejor sería un rato largo que dos cortos, porque si el espacio es breve, todo él se gasta en sosegar la imaginación y quietar el corazón, y después de ya quieto, levantámonos del ejercicio cuando lo hubiéramos de comenzar.

Y descendiendo más en particular a limitar este tiempo, paréceme que todo lo que es menos de hora y media, o dos horas, es corto plazo para la oración. Porque muchas veces se pasa más que media hora en templar la vihuela y en quietar, como dije, la imaginación, y todo el otro espacio es menester para gozar del fruto de la oración. Verdad es que, cuando este ejercicio se tiene después de algunos otros santos ejercicios, como es después de maitines, o después de haber oído o dicho misa, o después de alguna devota lección u oración vocal, más dispuesto se halla el corazón para este negocio, y así, como en leña seca, muy más presto se enciende este fuego celestial. También el tiempo de la madrugada sufre ser más corto, porque es el más aparejado de cuantos hay para este oficio. Mas el que fuere pobre de tiempo por sus muchas ocupaciones, no deje de ofrecer su cornadillo con la pobre viuda en el templo, porque si esto no queda por su negligencia, aquel que todas las criaturas provee conforme a su necesidad y naturaleza, proveerá a él también según la suya.

VII

Conforme a este documento se da otro semejante a él. Y es que cuando el ánima fuere visitada, en la oración o fuera della, con alguna particular visitación del Señor, que no la deje pasar en vano, sino que se aproveche de aquella ocasión que se le ofrece, porque es cierto que con este viento navegará el hombre más en una hora, que sin él en muy muchos días. Así se dice que lo hacía san Francisco, de quien escribe san Buenaventura que era tan particular el cuidado que en esto tenía, que si andando camino lo visitaba nuestro señor con alguna particular visitación, hacía ir delante los compañeros, y él estábase quedo hasta acabar de rumiar y digerir aquel bocado que le venía del cielo. Los que así no lo hacen suelen comúnmente ser castigados con esta pena, que no hallen a Dios cuando lo buscaren, pues cuando él los buscaba no los halló.

VIII

El último y más principal aviso sea que procuremos en este santo ejercicio de juntar en uno la meditación con la contemplación, haciendo de la una escalón para subir a la otra.

Para lo cual es de saber que el oficio de la meditación es considerar con estudio y atención las cosas divinas, discurriendo de unas en otras para mover nuestro corazón a algún afecto y sentimiento de ellas, que es como quien hiere un pedernal para sacar alguna centella dél.

Mas la contemplación es haber ya sacado esta centella, quiero decir, haber ya hallado ese afecto y sentimiento que se buscaba, y estar con reposo y silencio gozando dél, no con muchos discursos y especulaciones del entendimiento, sino con una simple vista de la verdad. Por lo cual dice un santo doctor que la meditación discurre con trabajo y con fruto, mas la contemplación sin trabajo y con fruto: la una busca, la otra halla; la una rumia el manjar, la otra lo gusta; la una discurre y hace consideraciones, la otra se contenta con una simple vista de las cosas, porque tiene ya el amor y gusto de ellas; finalmente, la una es como medio, la otra como fin; la una como camino y movimiento, y la otra como término de este camino y movimiento.

De aquí se infiere una cosa muy común que enseñan todos los maestros de la vida espiritual, aunque poco entendida de los que la leen, conviene saber, que así como alcanzado el fin cesan los medios, como tomado el puerto cesa la navegación, así cuando el hombre, mediante el trabajo de la meditación, llegare al reposo y gusto de la contemplación, debe por entonces cesar de aquella piadosa y trabajosa inquisición, y contento con una simple vista y memoria de Dios, como si lo tuviese presente, gozar de aquel afecto que se le da, ora sea de amor, ora de admiración, o de alegría, o cosa semejante.

La razón por que esto se aconseja es porque como el fin de todo este negocio consista más en el amor y afectos de la voluntad, que en la especulación del entendimiento, cuando ya la voluntad está presa y tomada de este afecto, debemos excusar todos los discursos y especulaciones del entendimiento, en cuanto nos sea posible, para que nuestra ánima con todas sus fuerzas se emplee en esto, sin derramarse por los actos de otras potencias. Y por esto aconseja un doctor que, así como el hombre se sintiere inflamar del amor de Dios, debe luego dejar todos estos discursos y pensamientos, por muy altos que parezcan, no porque sean malos, sino porque entonces son impeditivos de otro bien mayor, que no es otra cosa más que cesar el movimiento llegado al término, y dejar la meditación por amor de la contemplación. Lo cual señaladamente se puede hacer al fin de todo el ejercicio, que es después de la petición del amor de Dios de que arriba tratamos: lo uno porque se presupone ya entonces que el trabajo del ejercicio pasado habrá parido algún afecto y sentimiento de Dios, pues, como dice el Sabio, más vale el fin de la oración que el principio, y lo otro porque después del trabajo de la meditación y oración es razón que el hombre dé un poco de huelga al entendimiento y le deje reposar en los brazos de la contemplación.

Pues en este tiempo deseche el hombre todas las imaginaciones que se le ofrecieren, acalle el entendimento, quiete la memoria y fíjela en nuestro señor, considerando que está en su presencia, no especulando por entonces cosas particulares de Dios.

Conténtese con el conocimiento que de él tiene por fe, y aplique la voluntad y el amor, pues éste solo le abraza, y en él está el fruto de toda la meditación, y el entendimiento es casi nada lo que de Dios puede conocer, y puédele la voluntad mucho amar.

Enciérrese dentro de sí mismo en el centro de su ánima, donde está la imagen de Dios, y allí esté atento a él, como quien escucha al que habla de alguna torre alta, o como que le tuviese dentro de su corazón, y como que en todo lo criado no hubiese otra cosa sino sola ella y solo él. Y aun de sí misma y de lo que hace se había de olvidar, porque como decía uno de aquellos padres, aquella es perfecta oración, donde el que está orando no se acuerda que está orando. Y no sólo al fin del ejercicio, sino también al medio, y en cualquier otra parte que nos tomare este sueño espiritual, cuando está como adormecido el entendimiento y vela la voluntad, debemos hacer esta pausa y gozar deste beneficio, y volver a nuestro trabajo acabado de digerir y gustar aquel bocado, así como hace el hortelano cuando riega una era, que después de llena de agua, detiene el hilo de la corriente, y deja empapar y difundirse por las entrañas de la tierra seca la que ha recibido, y esto hecho, torna a soltar el hilo de la fuente, para que aun reciba más y más y quede mejor regada. Mas lo que entonces el ánima siente, lo que goza, la luz y la hartura y la caridad y paz que recibe, no se puede explicar con palabras, pues aquí está la paz que excede todo sentido y la felicidad que en esta vida se puede alcanzar.

Algunos hay tan tomados del amor de Dios, que apenas han comenzado a pensar en él, cuando luego la memoria de su dulce nombre les derrite las entrañas. Los cuales tienen tan poca necesidad de discursos y consideraciones para amarle, como la madre o la esposa para regalarse con la memoria de su hijo o esposo cuando le hablan dél. Y otros que, no sólo en el ejercicio de la oración, sino fuera dél, andan tan absortos y tan empapados en Dios, que de todas las cosas y de sí mismos se olvidan por él. Porque si esto puede muchas veces el amor furioso de un perdido, ¿cuánto más lo podrá el amor de aquella infinita hermosura, pues no es menos poderosa la gracia que la naturaleza y que la culpa? Pues cuando esto el ánima sintiere, en cualquiera parte de la oración que lo sienta, en ninguna manera lo debe desechar, aunque todo el tiempo del ejercicio se gastase en esto sin rezar o meditar las otras cosas que tenía determinadas, si no fuesen de obligación, porque así como dice san Agustín que se ha de dejar la oración vocal cuando alguna vez fuese impedimento de la devoción, así también se debe dejar la meditación cuando fuese impedimento de la contemplación.

Donde también es mucho de notar que, así como nos conviene dejar la meditación por la afección, para subir de menos a más, así por el contrario a veces convendrá dejar la afección por la meditación, cuando la afección fuese tan vehemente, que se temiese peligro a la salud perseverando en ella, como muchas veces acaece a los que sin este aviso se dan a estos ejercicios y los toman sin discreción, atraídos con la fuerza de la divina suavidad. Y en tal caso como éste dice un doctor que es buen remedio salir algún afecto de compasión, meditando un poco en la pasión de Cristo, o en los pecados y miserias del mundo, para aliviar y desahogar el corazón.



De las tentaciones más comunes que suelen fatigar a los que se dan a la oración, y de sus remedios.

Ahora será bien tratar de las tentaciones más comunes de las personas que se dan a la oración, y de sus remedios. Las cuales, por la mayor parte, son las siguientes: la falta de las consolaciones espirituales, la guerra de los pensamientos importunos, los pensamientos de blasfemia e infidelidad, el temor desordenado, el sueño demasiado, la desconfianza de aprovechar, la presunción de estar ya muy aprovechado, el apetito demasiado de saber, el indiscreto celo de aprovechar. Éstas son las más comunes tentaciones que hay en este camino. Los remedios de las cuales son los siguientes.

I

Primeramente, al que le faltaren las consolaciones espirituales, el remedio es que no por eso deje el ejercicio de la oración acostumbrada, aunque le parezca desabrida y de poco fruto, sino póngase en la presencia de Dios como reo y culpado, y examine su conciencia, y mire si por ventura perdió esta gracia por su culpa, y suplique al Señor con entera confianza le perdone y declare las riquezas inestimables de su paciencia y misericordia en sufrir y perdonar a quien otra cosa no sabe, sino ofenderle. Desta manera sacará provecho de su sequedad, tomando ocasión para más se humillar viendo lo mucho que peca, y para más amar a Dios viendo lo mucho que le perdona.

Y aunque no halle gusto en estos ejercicios, no desista dellos, porque no se requiere que sea siempre sabroso lo que ha de ser provechoso. A lo menos esto se halla por experiencia, que todas las veces que el hombre persevera en la oración con un poco de atención y cuidado, haciendo buenamente lo poco que puede, al cabo sale de allí consolado y alegre, viendo que hizo de su parte algo de lo que era en sí.

Mucho hace en los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco. No mira nuestro señor tanto al caudal del hombre, cuanto a su posibilidad y voluntad. Mucho da quien desea dar mucho, quien da todo lo que tiene, quien no deja nada para sí. No es mucho durar mucho en la oración, cuando es mucha la consolación. Lo mucho es que, cuando la devoción es poca, la oración sea mucha, y mucho mayor la humildad y la paciencia y la perseverancia en el bien obrar.

También es necesario en estos tiempos andar con mayor solicitud y cuidado que en los otros, velando sobre la guarda de sí mismo y examinando con atención sus pensamientos y palabras y obras. Porque como entonces nos falte el alegría espiritual, que es el principal remo desta navegación, es menester suplir con cuidado y diligencia lo que falta de gracia. Cuando así te vieres has de hacer cuenta, como dice san Bernardo, que se te han dormido las velas que te guardaban, y que se te han caído los muros que te defendían. Y, por eso, toda la esperanza de salud está en las armas, pues ya no te ha de defender el muro, sino la espada y la destreza en el pelear. ¡Oh, cuánta es la gloria del ánima que desta manera batalla, que sin escudo se defiende, y que sin armas pelea, y sin fortaleza es fuerte, y hallándose en la batalla sola, toma esfuerzo y ánimo por compañía!

No hay mayor gloria en el mundo que imitar en las virtudes al Salvador. Y entre sus virtudes se cuenta por muy principal haber padecido lo que padeció, sin admitir en su ánima ningún género de consuelo. De manera que, el que así padeciere y peleare, tanto será mayor imitador de Cristo cuanto más careciere de todo género de consuelo. Y esto es beber el cáliz de la obediencia puro, sin mezcla de otro licor. Éste es el toque principal en que se prueba la fineza de los amigos, si son verdaderos o no lo son.

II

Contra la tentación de los pensamientos importunos que nos suelen combatir en la oración, el remedio es pelear varonilmente y perseverantemente contra ellos, aunque esta resistencia no ha de ser con demasiada fatiga y congoja de espíritu, porque no es este negocio tanto de fuerza cuanto de gracia y humildad. Y por esto, cuando el hombre se hallare desta manera, debe volverse a Dios sin escrúpulo y sin congoja, pues esto, o no es culpa, o es muy liviana, y con toda humildad y devoción le diga: «Veis aquí, señor mío, quién yo soy; ¿qué se esperaba deste muladar, sino semejantes olores?; ¿qué se esperaba desta tierra que vos maldijisteis, sino zarzas y espinas?; éste es el fruto que ella puede dar, si vos, señor, no la limpiáis». Y dicho esto, torne a atar su hilo como de antes, y espere con paciencia la visitación del Señor, que nunca falta a los humildes. Y si todavía te inquietaren los pensamientos, y tú todavía perseverantemente les resistieres e hicieres lo que es en ti, debes tener por cierto que mucha más tierra ganas en esta resistencia, que si estuvieras gozando de Dios a todo sabor.

III

Para remedio de las tentaciones de blasfemia es de saber que, así como ningún linaje de tentación es más penoso que éste, así ninguno hay menos peligroso. Y así, el remedio es no hacer caso destas tentaciones, pues el pecado no está en el sentimiento, sino en el consentimiento y en el deleite, el cual aquí no hay, sino antes lo contrario. Y así más se puede llamar ésta pena que culpa, porque cuan lejos está el hombre de recibir alegría con
estas tentaciones, tan lejos está de tener culpa en ellas. Y por eso el remedio, como dije, es menospreciarlas y no temerlas, porque cuando demasiadamente se temen, el mismo temor las despierta y las levanta.

IV

Contra las tentaciones de infidelidad, el remedio es que, acordándose el hombre por un cabo de la pequeñez humana, y por otro de la grandeza divina, piense en lo que Dios le manda, y no sea curioso en querer escudriñar sus obras, pues vemos que muchas dellas exceden todo nuestro saber. Y por tanto, el que quiere entrar en este santuario de las obras divinas, ha de entrar con mucha humildad y reverencia, y llevar consigo ojos de paloma sencilla y no de serpiente maliciosa, y corazón de discípulo y no de juez temerario. Hágase como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos. No cure de saber el porqué de las obras divinas, cierre el ojo de la razón y abra sólo el de la fe, porque éste es el instrumento con que se han de tantear las obras de Dios. Para mirar las obras humanas, muy bueno es el ojo de la razón humana; mas para mirar las divinas, no hay cosa más desproporcionada que él. Mas porque ordinariamente esta tentación es al hombre penosísima, el remedio es el de la pasada, que es no hacer caso della, pues más es ésta pena que culpa. Porque no puede haber culpa en lo que la voluntad está contraria, como allí se declaró.

V

Algunos hay que son combatidos de grandes temores y fantasías, cuando se apartan solos de noche a orar. Contra esta tentación el remedio es hacerse el hombre fuerza y perseverar en su ejercicio, porque huyendo crece el temor, y peleando la osadía.

Aprovecha también considerar que ni el demonio ni otra cosa es poderosa para nos dañar, sin licencia de nuestro señor. También aprovecha considerar que tenemos al ángel de nuestra guarda a nuestro lado, y en la oración mejor que en otra parte, porque allí asiste él para nos ayudar y llevar nuestras oraciones al cielo, y defendernos del enemigo, que no nos pueda hacer mal.

VI

Contra el sueño demasiado, el remedio es considerar que el sueño unas veces procede de necesidad, y entonces el remedio es no negar al cuerpo lo que es suyo, porque no nos impida lo que es nuestro. Otras procede de enfermedad, y entonces no debe el hombre congojarse por eso, pues no tiene culpa, ni tampoco debe dejarse del todo vencer, sino hacer de su parte lo que buenamente pudiere para que del todo no se pierda la oración, sin la cual no tenemos seguridad ni alegría verdadera en esta vida. Otras veces nace el sueño de pereza, o del demonio que lo procura. Entonces el remedio es el ayuno, no beber vino, beber poca agua, estar de rodillas o en pie o en cruz, y no arrimado, hacer alguna disciplina u otra cualquier aspereza que despierte y punce la carne.

Finalmente, el único y general remedio, así para este mal como para los otros, es pedirlo a aquel que está aparejado para dar, si hubiere quien siempre le quiera pedir.

VII

Contra las tentaciones de la desconfianza y de la presunción, que son vicios contrarios, es forzado que haya diversos remedios. Para la desconfianza, el remedio es considerar que este negocio no se ha de alcanzar por solas tus fuerzas, sino por la divina gracia, la cual tanto más presto se alcanza, cuanto más el hombre desconfía de su propia virtud, y confía en sola la bondad de Dios, a quien todo es posible. Para la presunción, el remedio es considerar que no hay más claro indicio de estar el hombre muy lejos, que creer que está muy cerca. Porque en este camino, los que van descubriendo más tierra, ésos se dan mayor prisa por ver lo mucho que les falta, y por eso nunca hacen caso de lo que tienen, en comparación de lo que desean.

Mírate, pues, como en un espejo en la vida de los santos, y en las de otras personas señaladas que ahora viven en carne, y verás que eres ante ellos como un enano en presencia de un gigante, y así no presumirás.

VIII

Contra la tentación del demasiado apetito de saber y de estudiar, el primer remedio es considerar cuánto más excelente es la virtud que la ciencia, y cuánto más excelente la sabiduría divina que la humana, para que por aquí vea el hombre cuánto más se debe ocupar en los ejercicios por do se alcanza la una, que la otra. Tenga la gloria de la sabiduría del mundo las grandezas que quisieres, que al fin se acaba esta gloria con la vida. Pues, ¿qué cosa puede ser más miserable que adquirir con tanto trabajo lo que tan poco se ha de gozar? Todo lo que aquí puedes saber es nada. Y si te ejercitares en el amor de Dios, presto lo irás a ver, y en él verás todas las cosas. Y el día del Juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos, ni cuán bien hablamos o predicamos, sino cuán bien obramos.

IX

Contra la tentación del indiscreto celo de aprovechar a otros, el principal remedio es que de tal manera entendamos en el provecho del prójimo, que no sea con perjuicio nuestro, y que de tal manera entendamos en los negocios de las conciencias ajenas, que tomemos tiempo para las nuestras. El cual ha de ser tanto, que baste para traer a la continua el corazón devoto y recogido, porque esto es andar en espíritu, como dice el apóstol, que es andar el hombre más en Dios que en sí mismo. Pues como esto sea raíz y principio de todo nuestro bien, todo nuestro trabajo ha de ser procurar de tener tan larga y tan profunda oración, que baste para traer siempre el corazón con esta manera de recogimiento y de devoción. Para lo cual no basta cualquier manera de recogimiento y oración, sino es menester que sea muy larga y muy profunda.



Tratado de la Devoción


Qué cosa sea devoción

El mayor trabajo que padecen las personas que se dan a la oración es la falta de devoción que muchas veces en ella sienten. Porque cuando ésta no falta, ninguna cosa hay más dulce ni más fácil que orar. Por esta razón, ya que habemos tratado de la materia de la oración y del modo que en ella se podrá tener, será bien que tratemos ahora de las cosas que ayudan a la devoción, y también de las que la impiden, y de las tentaciones más comunes de las personas devotas, y de algunos avisos que para este ejercicio serán necesarios. Mas primero hará mucho al caso declarar qué cosa sea devoción, porque sepamos antes qué tal sea la joya por que militamos.

Devoción dice santo Tomás que es una virtud, la cual hace al hombre pronto y hábil para toda virtud, y le despierta y facilita para el bien obrar. La cual definición manifiestamente de clara la necesidad y utilidad grande de esta virtud, porque en ella está encerrado más de lo que algunos pueden pensar.

Para lo cual es de saber que el mayor impedimento que tenemos para bien vivir, es la corrupción de la naturaleza, que nos vino por el pecado, de la cual procede una grande inclinación que tenemos para el mal, y una grande dificultad y pesadumbre para el bien.

Y estas dos cosas nos hacen dificultosísimo el camino de la virtud, siendo ella de suyo la cosa más dulce, más hermosa, más amable, más honrosa del mundo. Pues contra esta dificultad y pesadumbre proveyó la divina sabiduría de convenientísimo remedio, que es la virtud y socorro de la devoción. Porque así como el viento cierzo esparce las nubes y deja el cielo sereno y escombrado, así la verdadera devoción sacude de nuestra ánima toda esta pesadumbre y dificultad, y la deja por entonces habilitada y desembarazada para todo bien. Porque esta virtud, de tal manera es virtud, que también es un especial don del Espíritu Santo, un rocío del cielo, un socorro y visitación de Dios, alcanzado por la oración, cuya condición es pelear contra esta dificultad, despedir esta tibieza, dar esta prontitud, henchir el ánima de buenos deseos, alumbrar el entendimiento, esforzar la voluntad, encender el amor de Dios, apagar las llamas de los malos deseos, causar hastío del mundo y aborrecimiento de pecado, y dar al hombre por entonces otro fervor, otro espíritu y otro esfuerzo y aliento para bien obrar.

De manera que así como Sansón, cuando tenía cabellos, tenía mayores fuerzas que todos los otros hombres del mundo, y cuando éstos le faltaban era tan flaco como todos los otros, así lo es también el ánima del cristiano cuando tiene esta devoción y cuando no la tiene. Esto es, pues, lo que santo Tomás quiso significar en aquella definición, y ésta es sin duda la mayor alabanza que se puede decir de esta virtud, que siendo una sola, es como un estímulo y aguijón de todas las otras. Y por esto, el que de verdad desea caminar por el camino de las virtudes, no vaya sin estas espuelas, porque nunca podrá sacar de harona a su mala bestia, si va sin ellas.

De lo dicho parece claro qué cosa sea la verdadera y esencial devoción. Porque no es devoción aquella ternura de corazón o consolación que sienten algunas veces los que oran, sino esta prontitud y aliento para bien obrar. De donde muchas veces acaece hallarse lo uno sin lo otro, cuando el Señor quiere probar los suyos. Verdad es que de esta devoción y prontitud muchas veces nace aquella consolación; y, por el contrario, esta misma consolación y gusto espiritual acrecienta la devoción esencial, que es aquella prontitud y aliento para bien obrar. Y, por esta causa, los siervos de Dios pueden con mucha razón desear y pedir estas alegrías y consolaciones, no por el gusto que en ellas hay, sino porque son causa del acrecentamiento desta devoción que nos habilita para el bien obrar, como lo significó el profeta cuando dijo: «Por el camino de tus mandamientos, señor, corrí, cuando dilataste mi corazón», conviene saber, con el alegría de tu consolación, que fue causa desta ligereza.

Pues de los medios por do se alcanza esta devoción pretendemos ahora aquí tratar. Y porque con esta virtud andan juntas todas las otras que tienen especial familiaridad con Dios, por eso, tratar de los medios por do se alcanza la devoción es tratar de los medios por do se alcanza la perfecta oración, y la contemplación, y las consolaciones del Espíritu Santo, y el amor de Dios, y la sabiduría del cielo, y aquella unión de nuestro espíritu con Dios, que es el fin de toda la vida espiritual; y es, finalmente, tratar de los medios por do se alcanza el mismo Dios en esta vida, que es aquel tesoro del evangelio y aquella preciosa margarita por cuya posesión el sabio mercader alegremente se deshizo de todas sus cosas. Por do parece que ésta es una altísima teología, pues aquí se enseña el camino para el sumo bien, y paso por paso se arma una escalera para alcanzar el fruto de la felicidad, según que en esta vida se puede alcanzar.


De nueve cosas que ayudan a alcanzar la devoción

Las cosas, pues, que ayudan a la devoción son muchas. Porque, primeramente, hace mucho al caso tomar estos santos ejercicios muy de veras y muy a pechos, con un corazón muy determinado y ofrecido a todo lo que fuere necesario para alcanzar esta preciosa margarita, por arduo y dificultoso que sea. Porque es cierto que ninguna cosa grande hay que no sea muy dificultosa, y así también lo es ésta, a lo menos a los principios.

Ayuda también la guarda del corazón de todo género de pensamientos ociosos y vanos, y de todos los afectos y amores peregrinos, y de todas las turbaciones y movimientos apasionados, pues está claro que cada cosa de éstas impide la devoción, y que no menos conviene tener el corazón templado para orar y meditar, que la vihuela para tañer.

Ayuda también la guarda de los sentidos, especialmente de los ojos y de los oídos y de la lengua, porque por la lengua se derrama el corazón, y por los ojos y oídos se hinche de diversas imaginaciones de cosas con que se perturba la paz y sosiego del ánima. Por donde con razón se dice que el contemplativo ha de ser sordo y ciego y mudo, porque cuanto menos se derramare por defuera, tanto más recogido estará de dentro.

Ayuda para esto mismo la soledad, porque no sólo quita las ocasiones de distraimiento a los sentidos y al corazón, y las ocasiones de los pecados, sino también convida al hombre a que more dentro de sí mismo, y trate con Dios y consigo, movido con la oportunidad del lugar, que no admite otra compañía que ésta.

Ayuda otrosí la lección de los libros espirituales y devotos, porque dan materia de consideración y recogen el corazón y despiertan la devoción, y hacen que el hombre, de buena gana, piense en aquello que le supo dulcemente; mas antes siempre se representa a la memoria lo que abunda en el corazón.

Ayuda la memoria continua de Dios, y el andar siempre en su presencia, y el uso de aquellas breves oraciones que san Agustín llama jaculatorias, porque éstas guardan la casa del corazón y conservan el calor de la devoción, como arriba se platicó, y así se halla el hombre a cada hora pronto para llegarse a la oración. Éste es uno de los principales documentos de la vida espiritual, y uno de los mayores remedios para aquellos que ni tienen tiempo ni lugar para darse a la oración. Y el que trajere siempre este cuidado, en poco tiempo aprovechará muy mucho.

Ayuda también la continuación y perseverancia en los buenos ejercicios en sus tiempos y lugares ordenados, mayormente a la noche o a la madrugada, que son los tiempos más convenibles para la oración, como toda la Escritura nos enseña.

Ayudan las asperezas y abstinencias corporales, la mesa pobre, la cama dura, el cilicio y la disciplina y otras cosas semejantes, porque todas estas cosas, así como nacen de devoción, así también despiertan, conservan y acrecientan la raíz de donde nacen.

Ayudan, finalmente, las obras de misericordia, porque nos dan confianza para parecer delante de Dios, y acompañan nuestras oraciones con servicios, porque no se puedan llamar del todo ruegos secos, y merecen que sea misericordiosamente recibida la oración, pues procede de misericordioso corazón.


De diez cosas que impiden la devoción

Y así como hay cosas que ayudan a la devoción, así también hay cosas que la impiden, entre las cuales la primera es los pecados, no sólo los mortales, sino también los veniales, porque éstos, aunque no quitan la caridad, quitan el fervor de la caridad, que es casi lo mismo que devoción. Por donde es razón evitarlos con todo cuidado, ya que no fuese por el mal que nos hacen, a lo menos por el grande bien que nos impiden.

Impide también el remordimiento de la conciencia, que procede de los mismos pecados, cuando es demasiado, porque trae el ánima inquieta, caída, desmayada, flaca para todo buen ejercicio.

Impiden también los escrúpulos, por la misma causa, porque son como espinas que punzan la conciencia, y la inquietan y no la dejan reposar y sosegar en Dios y gozar de la verdadera paz.

Impide también cualquier amargura y desabrimiento de corazón, y tristeza desordenada, porque con esto muy mal se puede compadecer el gusto y suavidad de la buena conciencia y del alegría espiritual.

Impiden otrosí los cuidados demasiados, los cuales son aquellos mosquitos de Egipto, que inquietan el ánima y no la dejan dormir este sueño espiritual que se duerme en la oración, antes allí más que en otra parte la inquietan y divierten de su ejercicio.

Impiden también las ocupaciones demasiadas, porque ocupan el tiempo y ahogan el espíritu, y así dejan al hombre sin tiempo y sin corazón para vacar a Dios.

Impiden los regalos y consolaciones sensuales cuando el hombre es demasiado en ellas, porque el que se da mucho a las consolaciones del mundo no merece las del Espíritu Santo, como dice san Bernardo.

Impide el regalo en el demasiado comer y beber, mayormente las cenas largas, porque éstas hacen muy mala cama a los espirituales ejercicios y a las vigilias sagradas, porque, con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo para volar a lo alto.

Impide el vicio de la curiosidad, así de los sentidos como del entendimiento, que es querer oír y ver, y saber muchas cosas, y desear cosas pulidas, curiosas y bien labradas, porque todo esto ocupa el tiempo, embaraza los sentidos, inquieta el anima y derrámala en muchas partes, y así impide la devoción.

Impide, finalmente, la interrupción de todos estos santos ejercicios, si no es cuando se dejan por causa de alguna piadosa o justa necesidad, porque como dice un doctor, es muy delicado el espíritu de la devoción, el cual, después de ido, o no vuelve, o a lo menos con mucha dificultad. Y, por esto, así como los árboles y los cuerpos humanos quieren sus riegos y mantenimientos ordinarios, y en faltando esto luego desfallecen y desmedran, así también lo hace la devoción cuando le falta el riego y mantenimiento de la consideración.

Todo esto se ha dicho así sumariamente para que mejor se pudiese tener en la memoria. La declaración de lo cual podrá ver quien quisiere en la primera y segunda parte del Libro de la oración y meditación, adonde remitimos al cristiano lector.



SACADO DEL COMPENDIO DEL LIBRO DE LA ORACIÓN Y LA MEDITACIÓN DE FRAY LUIS DE GRANADA. DESCARGAR LIBRO COMPLETO Y OTROS LIBROS DEL AUTOR AQUÍ




2 comentarios sobre “1. Avisos para la Oración y la Devoción de Fray Luis De Granada

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