Identidad y misión

Una de las tentaciones con la que es habitual encontrarse en el camino espiritual es la de buscar nuestra felicidad en el rol que la misión nos confiere, en el éxito de la misión y en la misión misma.

Frente a la ausencia de ser inherente a nuestro estado terrenal buscamos afirmar nuestra identidad identificándonos con el Rol que desempeñamos en nuestra actividad espiritual en lugar de buscar nuestra identidad profunda en Cristo. Intentamos llenar la carencia de ser que solo la presencia de Cristo puede colmar encerrandonos en falsas identidades que nos proporcionan una autoimagen mas agradable a nuestros propios ojos y la seguridad que conlleva.

De lo anterior se suceden varias consecuencias:

Por una parte no podremos tener Paz en nuestra actividad porque nuestra autoimagen dependerá del resultado de la misma. En consecuencia nuestra actividad estará teñida de preocupación, afán y ansiedad. También los celos, la envidia y la competitividad harán aparición y no podremos alegrarnos con el éxito de alguien en el area de actividad o rol donde fundamentamos nuestra autoimagen, pues sentiremos que de alguna manera nos está «robando» la identidad. Esta es la raiz de los celos y solo puede sanar cuando nos encontramos a nosotros mismos en Cristo y dejamos de buscar nuestra identidad en aquel rol o actividad.

Por otra parte la actividad nacerá siempre desde un fondo de egoísmo porque en el fondo la estaremos realizando para afirmarnos a nosotros mismos. Cuando creamos que estamos dando, en realidad estaremos cogiendo. Esto implica el realizar la actividad en nuestras propias fuerzas y no desde Dios, lo que, afortunadamente para nosotros, suele terminar en fracaso y en la necesaria muerte de aquella falsa identidad con la que nos habíamos identificado.

Además, la oración pasará a un segundo plano en nuestras vidas y nos será difícil permanecer centrados en ella por tener nuestro tesoro y nuestro corazón en la actividad que desempeñamos y no en Dios o en su búsqueda sincera.

Debemos tener claro que ningún éxito exterior, ninguna actividad por buena y Santa que sea nos va a hacer felices. Nuestra felicidad es Cristo, solo en Él encontraremos nuestra verdadera identidad y colmaremos nuestro anhelo de ser. Un amigo me dijo que, en una determinada circunstancia, había recibido esta palabra del Señor: «desaféctate». Así debemos intentar desafectarnos de nuestra actividad y de sus resultados.

Otra manifestación de la misma tentación ocurre cuando utilizamos los medios que deberían servir como instrumentos para el camino espiritual (la oración, la lectura bíblica..) para mirarnos con autocomplacencia construyendo una de esas falsas identidades «espirituales» o cuando inconscientemente buscamos ser «Santos», «místicos» o «contemplativos» solo para sentirnos especiales y regocijarnos en nosotros mismos sin darnos cuenta de que estamos formándonos una idea de esos conceptos completamente errada y basada en nuestros prejuicios y de que estamos cayendo precisamente en la actitud mas contraria a la realidad de esos conceptos encerrandonos en nosotros mismos en lugar de abrirnos a Dios.

¿Significa esto que debemos abandonar aquellos medios (la oración, la lectura bíblica..) o nuestra actividad? No. Lo que debemos hacer es ser sinceros con nosotros mismos y mirar nuestras motivaciones ocultas. Solo el hecho de tomar conciencia de ellas es una luz que ilumina esas tinieblas. Nuestra mirada es una luz que las ilumina; allí donde se toma conciencia de algo se hace la luz necesariamente, pues para ver algo es necesario que haya luz.

Sucede que al principio de la vida espiritual las tentaciones son evidentes y el camino a seguir aparece claro. Normalmente tiene que ver con abandonar ciertos comportamientos exteriores que nos generan sufrimiento a nosotros mismos y a nuestro alrededor. Poco a poco, a medida que vamos creciendo, el camino pasa a ser interior. Quizás exteriormente estamos haciéndolo todo bien pero cuando nos ponemos ante Dios en la oración el sentimiento de nuestra indignidad o de nuestra gran insolencia nos embarga. Podemos tratar bien al prójimo pero aún estamos muy lejos de amarle. En lo exterior obramos bien pero en lo interior aún es precisa una gran transformación. Es en esta etapa mas interior cuando debemos confiar más y dejarnos hacer por Dios. Gran parte del camino en esta etapa es ese llevar luz a nuestras oscuridades tomando conciencia de ellas y poniéndolas ante Dios. No temamos: Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Marcos 2:17.

Pidámosle a nuestro Señor Jesucristo la gracia de buscar nuestra felicidad solo en Él y no en el éxito de ninguna actividad por santa y buena que nos parezca, pues en la medida en que busquemos nuestra felicidad en ellas y no en Dios no podrán ser del todo santas ni del todo buenas y las estaremos convirtiendo en ídolos que nos estarán alejando de Él.

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