La experiencia fundante


¿Donde están nuestro tesoro y nuestro corazón? un buen criterio para discernirlo es observar a donde se dirigen nuestras fantasías y a qué dedicamos nuestro tiempo libre y nuestro ocio. Cuando tenemos un rato libre, ¿lo invertimos en algo relacionado con Jesucristo como la oración o la lectura o algún otro medio para avivar la llama del Espíritu o bien circunscribimos el tiempo que le dedicamos al Señor a unos momentos determinados y fuera de ellos andamos en otros asuntos que nada tienen que ver?

Antes de recibir una experiencia directa de Dios, sobre todo si hemos recibido una educación cristiana, es normal buscar y servir a Dios como por obligación, porque racionalmente creemos que es lo correcto y nuestro sistema de valores cristianos nos indica que ese es el camino que debemos seguir. Esto es bueno y necesario pero para que nuestro corazón se convierta realmente al Señor es necesario recibir una experiencia directa de su amor. Esta experiencia directa de Él es lo único que realmente puede convertir nuestros corazones y permitirnos buscarle con todo nuestro corazón. Es entonces cuando conocemos experiencialmente que Él es la felicidad que siempre habíamos buscado, y cuando comenzamos a amar a Dios realmente y a buscarlo por amor y no por obligación. Es entonces cuando experimentamos vivencialmente la verdad de las cosas que antes permanecían en el plano mental y comprobamos que Dios es bueno como el agua para el sediento y la medicina para el enfermo. Esta experiencia directa de Dios es lo que se llama experiencia fundante. Es un anticipo del final del camino, de la comunión con Dios a que somos llamados. Esta es la unción del Santo que nos permite conocer todas las cosas 1 Juan 2:20. Antes de recibirla andábamos ciegos y sin discernimiento, con ella recibimos discernimiento y una orientación en forma de certeza interior que nos indica que cosas son del Espíritu de Dios y cuales no. Esta experiencia fundante es también una valiosísima brújula que nos guiará en nuestro éxodo hacia la tierra prometida.

El camino Cristiano no consiste solo en no pecar y llevar una vida moralmente correcta. Lo fundamental en el camino Cristiano es el amor a Dios. «Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.» Marcos 12:30. Este amor se manifiesta en una pasión por Cristo, en una constante busqueda que no se puede circunscribir a momentos determinados. Aunque por las obligaciones del estado tengamos que poner limite a nuestro tiempo de oración, el recuerdo de Dios permanecerá en nosotros casi constantemente. El será nuestro ocio y nuestra vida. Él se habrá convertido en la razón por la cual nos levantamos por la mañana.

¿Qué podemos hacer para recibir esta experiencia de Dios? Desearlo, pedirlo y buscarlo. Si bien es una pura Gracia que Dios nos concederá cuando estemos preparados y que no esta en nuestra mano recibir, lo que si que podemos hacer es disponernos para recibirla; abrir nuestras manos para que El Señor pueda darnos el regalo. Confiemos en que si realmente tenemos un deseo de conocer a Dios y acercarnos a Él es porque Dios mismo es quien está poniendo ese deseo en nosotros para satisfacerlo. En el deseo ya habita algo de la plenitud deseada. Y si no podemos desear pidamosle a Dios que genere ese deseo en nosotros y que avive la llama de su Espíritu en nosotros y nos conceda la verdadera conversión.

Esta experiencia fundante puede ser repentina o suceder poco a poco. Es común el caso de gente que no ha recibido una educación religiosa o que había abandonado la Fe que vuelven a ella por un anhelo interior que el Espíritu genera en ellos. A medida que van alimentandose de las cosas del Espíritu el anhelo en ellos va creciendo y van apasionándose cada vez mas y el Señor les va llevando poco a poco a ese conocimiento experiencial de Él y a la unión con Él que se da en el fuego del amor del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones.

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.» Mateo 7:7-8.


RECOMENDADO: Tratado del amor de Dios. Del memorial de la vida cristiana de Fray Luis de Granada.




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