Temor y temblor




La actitud de profunda reverencia es la única que cabe ante el misterio de Dios.

Hoy en día, en la iglesia se ha optado por adoptar unas formas litúrgicas que tratan de presentar un Dios cercano en lugar de optar por formas litúrgicas que, en la medida de lo posible, expresen la impresión interior de profundo respeto, sobrecogimiento y admiración profunda de quien atisba el Gran Misterio de Dios.

Así, abundan las representaciones de Cristo en forma de dibujos infantiles y viñetas y los cantos de letras en las que prima el sentimentalismo frente al silencio y las formas litúrgicas que enfaticen y ayuden a tomar conciencia de la grandeza de los profundos misterios a los que nos aproximamos durante la liturgia.

Esto no es malo en si mismo y puede ayudar a que algunos jóvenes, niños y determinados colectivos de gente se sientan atraídos por el camino Cristiano, pero pensamos que lo que debiera primar es una alternativa litúrgica mas centrada en el silencio que ayude a tomar conciencia de la Grandeza insondable de los misterios a los que nos aproximamos durante las celebraciones litúrgicas.

En esta era desacralizada, ese misterio profundo es lo que, inconscientemente, anhela el ser humano. La humanidad tiene necesidad de saber que existe algo profundamente hermoso, Grande, maravilloso, poderoso.. algo mucho mas inmenso que el Dios humanamente bueno que habitualmente se nos presenta. Pensamos que poner el énfasis en el Gran Misterio que la realidad de Dios supone, atraería mas personas a la iglesia y ayudaría a reverdecerla.

El temor sagrado va intrínsecamente unido a la belleza. Algo realmente hermoso no puede sino producir esa impresión interior de respeto y admiración profunda ante la cual uno no puede sino arrodillarse y agradecer desde lo mas profundo.

La estrategia de intentar atraer a la gente presentando una imagen de un Dios cercano demasiado terreno parte de la causa de hacernos una idea demasiado humana del amor de Dios y de intentar compensar los errores pasados en los que se ha tendido a presentar una imagen de un Dios juez demasiado riguroso al que había que temer. Ni lo uno ni lo otro.

No hay que tener miedo de Dios. El miedo impide acercarse a aquello que se teme. Cuando la escritura habla del temor de Dios no quiere decir que tengamos que tener miedo de Dios. Se refiere mas bien al temor a que nuestras tendencias pecaminosas nos alejen de Él y a esa actitud de respeto profundo ante la Gran Belleza y la Inmensidad del Misterio de Dios que acompaña al verdadero amor a Dios.

Por otra parte, tampoco hay que confundir el amor de Dios que le llevó a humanarse en Jesucristo con un sentimentalismo mas carnal que espiritual que induzca a presentar una imagen de Dios de atributos demasiado humanos que elimine la enorme distancia que media entre Dios y el estado carnal del hombre terreno. Ese Dios carnal esta muy lejos del Gran Dios que anhela nuestro corazón y que en realidad es y al que mediante los insondables misterios de nuestra Fe, estamos llamados a unirnos.

No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Éxodo 3:5.

Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor. Filipenses 2:12.



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La atención amorosa a Jesucristo



El recuerdo de Jesucristo y la atención amorosa a Él son el fundamento de la vida espiritual. Llamamos atención amorosa a la atención sostenida por la Gracia, es decir, a la atención sostenida por el amor del Espíritu Santo.

El problema es que no podemos recordar a Jesucristo y permanecer con la atención centrada en Él porque el amor a Él todavía no se ha despertado en nosotros. ¿Cómo podríamos vivir recordando lo que no amamos? Sin embargo, si el amor a Él se hubiese despertado en nuestro corazón el recuerdo de Jesucristo vendría por si mismo, sin necesidad de esforzarnos por ello. ¿Quién no piensa continuamente en aquél a quien ama? En consecuencia, al no amar a Jesús, no pensamos en Él; y al no recordarle, no podemos centrar la atención en Él y, los breves momentos en que lo recordamos y centramos nuestra atención en Él, nuestra atención es frágil por no estar sostenida por el amor del Espíritu Santo y enseguida vienen otros pensamientos que se llevan cautiva nuestra atención. En consecuencia, no podemos vivir pendientes de hacer su voluntad y con frecuencia nos distraemos en hábitos que son contrarios a nuestro propósito de acercarnos a Él.

Es preciso pues despertar ese amor a Él que avive la conciencia de su presencia y nos permita vivir con la atención centrada en Él. Es entonces cuando comenzará la verdadera vida Espiritual en nosotros y comenzaremos a poder vivir en medio de ese dialogo permanente que Jesús tenía con El Padre Celestial; Viviendo en oración, con la atención siempre centrada en Él, amándole sobre todas la cosas, siempre pendiente de agradarle y hacer su voluntad.

¿Por donde podemos empezar si este amor espiritual aún no se ha encendido en nuestro corazón?

Lo mas fundamental y necesario es ser fieles a los tiempos de oración en intimidad a solas con Jesucristo.

Además, en este punto en que todavía el fuego del Espíritu Santo aun no es perceptible, la lectura de libros de oración y de la Biblia es una gran ayuda, pues ello nos permitirá vivir con el pensamiento puesto en los temas que nos ocupan y será una gran ayuda para mantener firme el propósito de acercarnos a Jesús y para no distraernos y perdernos en los asuntos del mundo. Es preciso que desarrollemos una especie de «obsesión» por Jesucristo y la lectura nos ayudará a ello. Mas adelante, cuando el fuego del Espíritu Santo ya se haya avivado en nuestro corazón, deberemos limitar mas nuestras lecturas y solo cuidar de mantener y avivar ese fuego mediante la oración y los actos que discernamos que son la voluntad de Dios mediante ese vinculo atencional a Jesucristo. Lo esencial será solo tener cuidado de mantener esa atención amorosa a Jesucristo a lo largo del día.

Una vez se haya encendido ese fuego espiritual en nuestro corazón el recuerdo de Jesucristo vendrá de manera natural y, avivada la conciencia de su presencia, la gracia atrapará nuestra atención en Jesucristo en el amor del Espíritu Santo. Esa atención amorosa a Jesucristo nos permitirá vivir en vigilancia, haciendo su voluntad. Por ese vinculo atencional descenderán bendiciones para nosotros y esa atención amorosa a Jesucristo hará crecer el amor a Jesús y al prójimo en nosotros. Este es el comienzo de la verdadera vida Espiritual.


«Por eso te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» 2 Timoteo 1:6


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La esencia del discernimiento




Así como darle la espalda a Dios constituye la esencia del pecado y de la muerte, ponerse en su presencia, tomar conciencia de ella y ser y caminar ante Él es la esencia de la oración y de la vida verdadera.

Este acto de ponerse en su presencia, elevar la atención a Él tomando conciencia de que nada en nosotros se oculta de sus ojos de fuego, es una herramienta poderosísima para discernir la verdadera naturaleza de cualquier cosa que suceda en nuestro interior (una intención, un pensamiento, un sentimiento, una actitud, un camino a seguir..) y para desarraigar de la tierra de nuestro ser todos los cardos y los espinos de nuestra naturaleza terrena.

Cuando dudamos de la naturaleza, buena o mala, acorde o discorde con Dios, de algo en nuestro interior no tenemos mas que elevar la atención a Él y ponerlo ante Él tomando conciencia de que eso acerca de lo cual tenemos dudas está ante la mirada del Señor. Inmediatamente, se nos revelará su verdadera naturaleza y, si es impura, aquello se deshará ante la mirada del Señor como la paja en el fuego.

También cuando nos asalten malos pensamientos o sentimientos es muy útil ponerlos en la presencia del Señor. Podemos acompañar este acto de una oración de petición de ayuda en la forma que nuestro corazón nos dicte. De este modo seremos liberados de su poder y, poco a poco, estos hijos de Adán se irán desarraigando de la tierra de nuestro ser.

Por regla general, cuando hagamos algo pecaminoso o discorde con la naturaleza de Dios, sentiremos, como Adán en el paraíso, falta de confianza para ponernos en su presencia, oscuridad interior, desasosiego, remordimiento y oscuridad interior. Nuestro corazón se apagará y nuestra mente aumentará su actividad generando excusas, justificaciones, dudas.. Sin embargo, cuando un acto sea acorde a su voluntad nos sentiremos mas confiados para ponernos en su presencia y la actividad de nuestra mente se relajará. Para discernir la naturaleza de un acto, no debemos atender a las excusas o justificaciones que nuestra mente genere sino a los frutos que el acto deje en nuestro corazón. Cuando tengamos dudas acerca de si hacer o no hacer algo, podemos echar mano de la herramienta de la imaginación e imaginarnos como nos sentiríamos una vez realizado el acto acerca del cual dudamos. Normalmente se nos revelarán sus frutos, buenos o malos y podremos elegir el camino adecuado.

Mas adelante en el camino Espiritual, llegará el momento en el que la Paz Espiritual, el fuego, el amor espiritual a Cristo Jesús se hará mas patente en nosotros y nos será mas fácil discernir la voluntad de Dios. Aquí el Espíritu nos moverá directamente e indicará el camino en base a ese sentimiento Espiritual. Lo que sea acorde a su voluntad fortificará ese sentimiento de Paz, amor y confianza al Señor y lo que no sea acorde a su voluntad apagará ese fuego espiritual en nuestro corazón.

Respecto a un discernimiento mas general como por ejemplo acerca de que camino debemos seguir, o que modo de vida debemos llevar, es útil atender a cual de las dos resoluciones acerca de las cuales tenemos dudas se fortifica durante la oración. Es común que la resolución acorde a la voluntad de Dios se fortifique cuando nos ponemos en su presencia o tomamos conciencia de su presencia.

Puede suceder que nuestra mente genere objeciones como que este acto de purificar nuestra conducta nos puede llevar a los escrúpulos (dudas constantes acompañadas de temor de ofender a Dios hasta en las cosas mas nimias). Observemos que la naturaleza de los escrúpulos es de índole mental. Nacen en la mente y operan en la mente. Quien se deja guiar por los escrúpulos se guía desde la mente y no desde el corazón. No debemos confundir purificar nuestra conciencia con los escrúpulos, pues la conciencia pertenece al reino del corazón y los escrúpulos al reino de la mente. Una vez mas, pongamos todos esos miedos ante la mirada del Señor y se revelará su verdadera naturaleza.

Resumiendo, hemos tratado las siguientes poderosas herramientas para nuestra vida Espiritual:

  • Ponernos ante la mirada del Señor o tomar conciencia de su presencia (que es la esencia de la vida espiritual) para que se nos revele la verdadera naturaleza de algo y que permanezca lo que es acorde a la voluntad de Dios.
  • Identificar por sus frutos la naturaleza buena o mala de una acción determinada utilizando la imaginación cuando aún no la hayamos realizado.
  • Atender a que resolución se fortifica cuando permanecemos en oración.


Citas bíblicas:

En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. 1 Juan 4:17.

Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados. 1 Juan 2:28.

Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Genesis 3:8-10.

Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. Juan 3:20-21.


Etapas en el sentimiento espiritual


– La oración es distraída. No sintonizamos con la presencia del Señor. Es imposible centrar la atención en la presencia del Señor. Oramos desde la mente y los pensamientos nos distraen continuamente. No hay apenas conciencia de la presencia del Señor y aunque le hablemos apenas nos sentimos escuchados por El, pareciera que le estamos hablando al aire.

– Sintonizamos con la presencia del Señor. Nuestra atención queda sujeta sin esfuerzo, nos sentimos escuchados y eso nos permite hablar desde el corazón y no desde la mente produciéndose una descarga emocional con El Señor. Ya no sentimos que le estamos hablando al viento sino que, aunque no podemos percibir de manera clara la presencia del Señor, la conciencia de su presencia esta avivada; sentimos que está ahí y que nos está escuchando. Los pensamientos dejan de arrastrarnos sino que nuestra atención permanece fija en El Señor. Hemos sintonizado con la presencia si bien aun no la percibimos de manera clara y aun no se han despertado sentimientos hacia El Señor o son muy tenues. La oración comienza a ser agradable y no aburrida y se comienza a coger gusto por ella.

– Además de sintonizar con la presencia sentimientos de agradecimiento al Señor por existir comienzan a aparecer. Se incrementa la percepción y la conciencia de la presencia de Dios. Aparecen cada vez mas silencios plenos de comunión en el tiempo de oración.

– Nuestro corazón se dulcifica y llena de calidez. Reaparece el calor de vida característico de la niñez. Sentimientos de agradecimiento mas intensos, comienza la adoración en Espíritu, fuerte determinación de vivir en consagración al Señor y se comienza a vivir en la presencia incluso fuera de los tiempos exclusivos de oración caminando en oración a lo largo de toda la jornada. Nos volvemos mas sensibles, la dureza de corazón se disuelve y el corazón se torna notablemente mas misericordioso. Una serena alegría nos acompaña siempre.

– A partir de aquí la oración de Jesús toma la primacía en la práctica espiritual. Mediante la oración de Jesús: El calor de vida se intensifica. La permanencia en la presencia en silencio mental nos permite desidentificarnos de los pensamientos. Se da una mayor facilidad para entrar en la presencia. capacidad de permanecer en el presente, se accede al lugar del corazón y el cuerpo se unifica desde ahí. Desde el corazón se irriga todo el cuerpo con la Gracia. Aflojándose todas las tensiones y vibrando en la suave reverberación de la Gracia, el cuerpo se percibe placenteramente y podemos permanecer quietos en el presente sin ninguna inquietud de cuerpo o mente. Dones del Espíritu comienzan a aparecer. La realidad comienza a transfigurarse puntualmente quedándonos admirados de su belleza en momentos puntuales aunque no como en la etapa siguiente.

– Somos conducidos a la Paz profunda de Cristo. Océano de Paz. La realidad se transfigura tornándose majestuosa, admirable, hermosa. La percepción en la dimensión de las cosas cambia; miraremos maravillados y llenos de asombro la grandiosidad de los edificios o de las nubes. Todo se percibe con una nueva nitidez, las texturas, los colores.. parecido al efecto de determinados alucinógenos pero en un contexto de paz profundísima. La energía santa de la Gracia recorre nuestro cuerpo desde la base de la columna hasta la coronilla, arriba y abajo, espiritualizándolo, abriendo las puertas de la percepción y llenándolo cada vez mas de poder. Llega a percibirse la materia como algo eléctrico. Todo el cuerpo refulge en luz, la Gracia y su energía santa recorre todo el cuerpo ya unificado dirigiéndose allá donde llevamos la atención llenándolo de una poderosísima energía. El cuerpo apenas necesita dormir o comer y permanece limpio y en perfecta salud; cada glándula funciona a la perfección. Llueve sobre nosotros abundantemente. El agua viva nos conduce al océano de Paz y se nos concede participar de la gran dignidad de Cristo. El hombre se cristifica, se llena de poder Real. El hombre aquí se siente a sí mismo como un rey antiguo lleno de nobleza y dignidad Real pero consciente de que es la dignidad de Cristo de la cual se le permite participar. El hombre se ha transformado en otro Cristo y camina en la tierra como Cristo anduvo.

Estas etapas son orientativas. Cada persona es única y los dones de Dios infinitos habiendo multitud de caminos. Solo Dios nos permite pasar adelante en la oración cuando el lo estima oportuno en su sabiduría. Es un puro don que no esta en nuestra mano obtener.





La oración de súplica


La oración de súplica es uno de los medios mas efectivos para acercarnos a Dios y sintonizar con su presencia. Nace de la conciencia de nuestra pobreza y total dependencia de Dios y al mismo tiempo potencia esta actitud de infancia espiritual.

¡Que liberador es entender que nosotros no podemos nada por nosotros mismos!; saberse inválido y conocer que Dios es la fuente de toda bendición; que TODO ESTÁ EN SU MANO y que lo único que nosotros podemos hacer es pedirle. Esta es la llave que abre todas las puertas: pedirle a Dios; es tan sencillo como eso. No puedo tener nada bueno si Él no me lo da. Todo bien está en su mano. Lo único que yo puedo hacer es pedírselo. Esta es la pobreza en espíritu de la que habla El Señor en los evangelios. Cuando entendemos esto con el corazón y no solo intelectualmente depositamos nuestras pesadas cargas sobre El Señor y el actúa en su omnipotencia. Este paso de la creencia intelectual a la verdadera creencia vivencial puede durar largo tiempo durante el cual nos afanamos preocupados como si la solución a los problemas que nos preocupan estuviera en nuestra mano. Ponemos la pesada carga del progreso espiritual sobre nuestros hombros como si la necesaria y milagrosa transformación que ha de darse en nosotros estuviera en nuestra mano en lugar de ser obra de Dios. Una manifestación de esto es la preocupación excesiva en la técnica de la oración, actuamos como si fuera el acto de la oración el que tiene capacidad transformante en lugar de Dios actuando en nosotros; como si fuera el acto de orar el que nos fuera a transformar y no El Señor que a su voluntad obra en nosotros. Esta actitud está relacionada con la desconfianza, el pecado y el deseo de hacer las cosas por nosotros mismos. Nos da vértigo admitir nuestra impotencia y depositar nuestras expectativas en El Señor en lugar de en nosotros mismos.

¿Significa esto que no debemos buscar? No; significa que debemos hacerlo sin preocupación y sin afán, sabiendo que solo Dios nos lo puede otorgar y que lo único que nosotros podemos hacer es pedirlo. Esa es la esencia de la búsqueda y la llave que abre la puerta: La súplica poniendo las expectativas en El Señor. Nuestro campo de acción es muy limitado. Podemos cambiar nuestra conducta mas exterior pero no el interior del que nacen las conductas e incluso la voluntad y la determinación de la que ha de nacer ese cambio de conducta exterior hemos de recibirla y no esta en nuestra mano el obtenerla «Dios pone el querer como el hacer» Filipenses 2:13. Solo la Gracia puede dulcificar nuestro corazón y transformar nuestras tendencias posesivas, egoístas y afanosas, raíz de nuestras malas conductas exteriores, en amor a Dios y al prójimo y Paz en el corazón. La verdadera transformación es obra de la Gracia, no está en nuestra mano el efectuarla, por eso sólo la súplica es la única llave que abre la puerta, mas allá de que nos dispongamos lo mejor posible para recibir la obra transformativa de la Gracia.

Este tipo de oración suele ser la mas efectiva para descender al corazón y despertar el Espíritu de oración en nosotros. Una vez la llama esta encendida y avivada, otros tipos de oración como la oración del corazón pueden pasar a ocupar la primacía en nuestra vida Espiritual. Aún así recomendamos nunca abandonar la oración de súplica y diálogo, pues sus beneficios son enormes. Ni siquiera Nuestro Señor abandonó este tipo de oración que, por otra parte, surge espontanea en nosotros cuando hemos adquirido cierta intimidad con EL Señor. Recordemos las numerosas exhortaciones que El Señor nos dirige para que le pidamos:

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Mateo 7:7-8

Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno. Juan 16:24

Por tanto, os digo que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá. Marcos 11:24

Sin mi no podéis hacer nada. Juan 15:5

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Mateo 5:1-3




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Tres puertas a la oración




Tres puertas a la oración



Algunos pensamientos, a pesar de comenzar en la mente, tienen el poder de conducirnos al corazón y de ponernos en sintonía con El Señor. A continuación mencionaré tres pensamientos que son puertas para la oración. Si los pensamos solo una vez superficialmente permanecerán en el plano mental y no gustaremos su néctar. Debemos tomar conciencia de ellos, bañarnos en ellos, mecernos en la realidad que implican. De esta manera arraigarán en nuestro corazón y despertarán el Espíritu de oración en nosotros. Estos pensamientos son herramientas valiosas que podemos utilizar a lo largo de la jornada, al comienzo de la oración o cuando sintamos que nuestra oración está siendo distraída y superficial o que ha devenido en un parloteo vano. Llegará el momento en que, con frecuencia, pasaremos todo el rato de la oración tomando conciencia de estas realidades en un profundo sentimiento de agradecimiento.

  • El Señor existe; El Señor está ahí. El Señor existe, El Señor está ahí, El Señor es, El Señor está ahí existiendo. Simplemente recordar que El Señor Jesús existe, que está ahí, y regocijarnos en esa realidad. Solo tomar conciencia de ello, mecernos en esa gran verdad, nos lleva a su presencia, templa nuestro corazón y nos pone en comunión con su presencia. Sentiremos la seguridad que llevaba a David a llamarle «mi roca firme y mi fortaleza». Este pensamiento es especialmente efectivo para los que ya han tenido un encuentro personal con Jesucristo y en consecuencia ya no creen, sino que saben que Jesucristo existe realmente. El simple recuerdo de esta realidad contiene mucho fruto; si perseveramos en él, el simple recuerdo mental, devendrá en verdadero recuerdo del corazón. Agradeceremos de todo corazón a Jesús por existir, por estar ahí.

    Podemos echar mano de este acto de tomar conciencia de la existencia del señor Jesús, de que está ahí, tanto en el tiempo exclusivo de oración como en cualquier otro momento y lugar. Si echamos mano de el en el tiempo exclusivo de la oración avivará la conciencia de su presencia, nos pondrá ante Él y nos ayudará a hablar con Él desde el corazón o simplemente a permanecer en silencio en comunión con Él en un profundo agradecimiento por su existencia. Llegará el momento en que no será infrecuente pasar todo el rato de la oración regocijándonos en esta consideración en silencio, en genuino agradecimiento, interrumpiéndolo solo para, desde ese sentimiento, expresarle nuestro agradecimiento por estar ahí realmente. Echar mano de este acto de tomar conciencia de que el Señor Jesús está ahí existiendo en otros momentos a lo largo de la jornada nos permitirá permanecer en regocijo, con la atención en Él, sin dejarnos llevar por las divagaciones mentales, con el fuego del Espíritu de oración encendido en nuestro corazón a lo largo de todo el día.

    No se trata de pensar que está en un determinado lugar, ni aquí ni allí; simplemente regocijarnos en que está ahí, que está existiendo, que ES.


  • El Señor me esta escuchando. Este pensamiento esta muy emparentado con el anterior pero quizás sea mas efectivo para aquellos que aún no han tenido un encuentro con El Señor y en consecuencia todavía creen pero no saben. Mientras que el anterior pensamiento es muy útil a lo largo de todo el día, tanto en el tiempo exclusivo de oración como cuando estemos en otra actividad y no vayamos a dialogar con El Señor, este quizás sea mas adecuado para cuando vayamos a dialogar con El Señor. Podemos tomar conciencia de esta realidad, que El Señor nos está escuchando, antes de comenzar la oración de diálogo, cuando sintamos que nuestra oración ha devenido en un monologo distraído vano en el que hemos perdido la conciencia de su presencia o en cualquier momento del día antes de dirigirnos a Él. El tomar conciencia de esta realidad nos pone espontáneamente en atención a su presencia y nos estimula a desahogarnos con Él y a establecer un diálogo verdadero con Él, con atención, en base a lo que realmente mora en nuestro corazón y no a parloteos vanos.

    Muchas veces la causa de que nuestra oración sea distraída es que no tenemos avivada la conciencia de que El Señor realmente está ahí escuchándonos. No nos lo terminamos de creer o no lo tenemos presente y en consecuencia le hablamos superficialmente, sin atención, a veces pensando en otra cosa mientras le hablamos y a veces incluso irreverentemente. Por eso el tomar conciencia de que realmente El Señor nos esta escuchando solucionará todos estos defectos en nuestra oración. Cuanto más tomemos conciencia de ello mejor; llegará el momento en que nuestro corazón se regocijará verdaderamente en esa verdad lleno de agradecimiento. Tomar conciencia de que El Señor nos esta escuchando antes de hablarle se convertirá en algo natural y esta certeza despertara un profundo sentimiento de agradecimiento y de comunión con Él. Llegará el momento en que, con frecuencia, pasaremos la mayor parte del rato de oración en silencio interrumpiéndolo solo para agradecer al Señor por estar ahí escuchándonos desde ese sentimiento de agradecimiento profundo. Las palabras que utilicemos en la oración serán desde el corazón y no palabrería vana; nacerán desde ese sentimiento de comunión y agradecimiento y lo fortalecerán en lugar de disiparlo.

    Ambos pensamientos, el del punto uno y este, están muy relacionados y el uno nos llevará al otro. El tomar conciencia de que Jesús existe, que realmente está ahí, avivará la conciencia de su presencia y nos sentiremos escuchados por Él. El tomar conciencia de que El Señor nos esta escuchando nos llevará también a pensar que El está ahí, que existe y avivará la conciencia de su presencia. El primero vale para todo momento y situación, tanto para los ratos exclusivos de oración como para cualquier otro momento; el segundo es mas adecuado para cuando queramos decirle algo al Señor. Ambos pensamientos avivarán la conciencia de la presencia del Señor, que es lo que nos falta cuando oramos distraídamente y sin atención, y enderezarán nuestra oración.
  • El simple recuerdo del Señor. La atención dirigida a Él sin ninguna particularidad. Recordarle con amor. Esto en si no es un pensamiento sino un acto que consiste en enfocar la atención en El Señor Jesucristo. Los dos pensamientos anteriores desencadenan y refuerzan este acto de la atención. Esta valiosísima herramienta podemos utilizarla a lo largo de todo el día. Consiste simplemente en recordar al Señor y mecernos y bañarnos en su recuerdo como un muchacho en el recuerdo de su amada. Esta valiosa herramienta hará crecer el amor a Dios en nosotros; avivará la llama del Espíritu Santo en nosotros y nos colmará de bendición del Señor Jesucristo.


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De la oscuridad a la luz


A continuación hablaré de los cambios que he experimentado en mi vida tras, habiendo tenido un pasado ateo/agnóstico, haber tenido un encuentro personal con Jesucristo y haberle recibido en mi corazón. Imagino que los efectos que este hecho tubo en mi vida son similares en esencia a los de los demás creyentes que han pasado de la oscuridad a la luz.

En primer lugar mencionaré el alivio indescriptible que el hecho de que Dios exista supuso para mi. No podía imaginar que el hecho de que Dios existiese iba a producir un alivio tan profundo en mi interior. Mas tarde me he dado cuenta de las profundas implicaciones que esto supone para nuestra vida. Nacemos en este mundo sin saber por qué ni para qué y la muerte nos espera a todos inexorablemente. Esto genera una intensa angustia y vértigo interior que todos llevamos dentro y el único remedio 100% efectivo es el conocimiento experiencial, y no la creencia aunque esta sea el primer paso, de que Dios existe. Esto por un lado soluciona el problema de la muerte que antes ni nos atrevíamos a mirar por el temor de desaparecer y por otro lado le da sentido a la vida y a los acontecimientos que la providencia nos trae, también a los amargos. Estos ya no están regidos por un caos aleatorio sin sentido ni objetivo sino que pasan a saberse dirigidos por la providencial mano de Dios y se reciben con Paz y esperanza sabiendo que si Dios lo ha permitido sacará bien de todo ello y que todo acabará bien. Para mi, el encuentro con Cristo supuso el paso de una época muy muy oscura donde la angustia existencial y la ansiedad dominaban llevándome a tratar de aliviarlas sin éxito o solo temporalmente mediante grandes dosis de medicación psiquiátrica, alcohol y drogas, a una etapa de Paz en el corazón. Ya no tomo ni una sola pastilla, ni alcohol, ni drogas de ningún tipo y la ansiedad y la angustia vital han desaparecido completamente. Ya no ando deambulando perdido como una oveja sin pastor sino que se que hay un camino: Jesucristo y mi vida tiene por fin servirle y acercarme a Él lo mas posible.

En segundo lugar quiero referirme al tema de la soledad. Antes de recibir a Jesucristo, uno realmente siempre esta solo. Por mas que uno tenga buena compañía en el exterior siempre queda un fondo de soledad en el interior que lo acompaña siempre porque uno piensa que nadie conoce eso que sucede en el interior sino que es el único que tiene conciencia de ello. Los sentimientos de soledad, de amargura, todos los sufrimientos, las dudas y toda la amargura se viven en soledad y con la impresión de que nadie los va a tener en cuenta, como si a la vida no le importaran y no los fuese a tener para nada en cuenta y se fuesen a perder en el infinito. La soledad es incomprensión. Por mucha buena compañía que tengamos en el exterior esta compañía no es realmente efectiva porque es imposible sentirnos 100% comprendidos y acompañados en el interior, por eso siempre siempre hay un sentimiento interior de soledad y de desamparo que nos acompaña. Cuando uno conoce que Dios es, esa soledad desaparece. Cristo le dice a uno al corazón «Yo siempre he estado contigo»; «Yo siempre te he acompañado». Las lagrimas de alivio no tardan en brotar. Ya sabemos que nunca hemos estado solos en ningún lugar de nuestro interior y que siempre somos 100% comprendidos por nuestro Señor. Sabemos que ni una de nuestras lágrimas se va a perder y que todas son tenidas en cuenta por nuestro Señor. Desde entonces nunca estoy solo, pues siempre puedo elevar mi corazón a Dios y hablar con aquél que siempre me acompaña sabiendo que me comprende al 100% y que siempre me escucha.

En tercer lugar quiero referirme a la seguridad que el saber que Dios es aporta al alma. Antes la existencia misma era hostil y aterradora. Como si detrás de todo hubiese solamente un abismo infinito que no cesa nunca de caer. Todo caía hacia todos lados porque no había un centro en ningún lugar. Ahora, en el lugar donde antes estaba ese abismo infinito está Dios, mi roca firme y todo ha dejado de caer. Por mas que los acontecimientos exteriores se tambaleen, se que Dios está al final firme e inamovible desde la eternidad. Antes no había arriba ni abajo porque no había un centro donde estos pudieran fundamentarse. Ahora Él es el centro y todo esta firme aunque todo se tambalee.

En cuarto lugar quiero referirme al tema de la aceptación de uno mismo. Antes de conocer a Cristo era imposible para mi aceptarme a mi mismo. Siempre había una especie de sospecha de que había algo malo, digno de rechazo en mi interior. Cuando uno conoce a Cristo uno se acepta completamente a si mismo pues se siente amado por alguien que sabe que conoce hasta el último recoveco oscuro de su ser; su creador y el creador de todo. De este tema se trató en la entrada identidad, seguridades y aceptación de nosotros mismos.

En quinto lugar quiero mencionar como el encuentro con mi Señor Jesucristo le ha dado un propósito a mi vida. Antes no vivía para nada, no tenía ninguna causa a la que entregar mi vida. Era como una oveja sin pastor que erraba de aquí para allá sobreviviendo saciando sus instintos primarios. Ahora se que hay un camino, Jesucristo, y trato de vivir para ÉL. Enorme diferencia hay en vivir por vivir, sin objetivo ni meta a vivir para algo.

En sexto lugar quisiera referirme al alivio que se experimenta cuando se sabe que ciertamente habrá justicia. Las malas obras del mal y de los malvados serán retribuidas con total justicia por el Juez mas justo y bueno que pueda haber. Podrá desembocar en castigo, misericordia o lo que sea, eso se deja en manos del Señor, pero se sabe que absolutamente todo será juzgado de la forma mas recta y justa posible.

En séptimo lugar quisiera mencionar que tras recibir a Cristo y saber que Él está ahí, siempre, absolutamente siempre, por horribles y desesperantes que las circunstancias externas puedan ser, hay un fondo de esperanza imposible de perder.




Sed de Dios



Hay una sed profunda que todos tenemos pero que como siempre nos ha acompañado pasa desapercibida y no somos conscientes de ella. Cuando El Señor Jesucristo nos da de beber el agua de su Espíritu Santo vemos que siempre habíamos estado tan profundamente sedientos en lo mas hondo de nuestro ser y que sin El es imposible ser verdaderamente felices y plenos.

Esta sed es la que experimento nuestro Señor en la cruz: «Tengo sed.» Juan 19:28. La vida, la justicia y el agua saciante se hizo muerte, pecado y sed para saciarnos.

Todos tenemos esa sed profunda desde que nacemos. La sed física de agua material es la manifestación en el plano material de esta sed espiritual. Esta sed es muy profunda y muy aguda pero como siempre ha estado con nosotros no podemos identificarla y pasa desapercibida. Como nunca jamás hemos conocido la saciedad, no podemos identificar esta sed a pesar de que siempre nos acompaña. Cuando recibimos tan solo una gota de la presencia de Cristo entonces identificamos esta sed porque sentimos que su presencia nos ha saciado y entonces tomamos mas y mas conciencia de esa sed que siempre nos había acompañado y nos dirigimos hacia Cristo con la fuerza de esa sed para saciarnos de la fuente de aguas de vida. Entonces es cuando entendemos que solo Él puede saciar esa sed y que solo en Él podemos ser realmente felices.

Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Juan 7:37

Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. Juan 4:10

Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. Apocalipsis 22:17