El Amor de Dios

Hay dos tipos de amor; el amor natural y el amor espiritual.

El amor natural procede de nuestra naturaleza terrenal y, como tal, está influido por el temor, el apego y el egoísmo. Es un amor interesado que se fundamenta en la felicidad o bienestar que obtenemos de lo que se ama. Puede ser seguridad, una imagen mas atractiva de nosotros mismos fundamentada en los valores del mundo o alguna otra causa lo que lo motive. Es un amor posesivo, que implica el deseo de poseer aquello a lo que se dirige y el temor de perderlo. Cierto es que este amor natural puede adoptar formas mas puras, desinteresadas y libres de egoísmo por ejemplo en el amor de los padres a sus hijos o en el fenómeno del enamoramiento en el cual el objeto de nuestro amor se convierte en una reminiscencia de nuestra morada eterna, Dios.

El amor entre el hombre y la mujer es la imagen terrenal del amor espiritual entre Cristo Dios y el alma; y las distintas realidades que forman parte de una relación conyugal son imágenes terrenales de realidades espirituales análogas. Así, el beso es la expresión exterior de la unión de los corazones por el amor que se profesan que es imagen terrenal de la unión entre Cristo Dios y el alma en la eternidad por el amor Espiritual del Espíritu Santo del que hablaremos a continuación y los hijos son la imagen terrenal de nuestra naturaleza celestial, del Hijo de Dios que somos que estamos llamados a descubrir en la unión con Cristo y del mismo Cristo que es uno con él (ver entrada la gran señal en el cielo). Aquí se deja ver el fundamento teológico de la familia.

El amor espiritual es de otra naturaleza. Es el amor que procede del Espíritu Santo de Cristo en nosotros y que nos permite amar a Cristo Jesús nuestro Dios como Jesús en su humanidad amó a Dios, su Padre y amar al prójimo con amor divino y desinteresado que nace de Dios. Esta llama de amor, el Espíritu Santo, es lo que simbolizaba el fuego del altar que siempre debía estar encendido y que tenía que consumir los sacrificios en el antiguo pacto. Es esta llama Santa la que deberá ir creciendo en nosotros, consumiendo todo lo contrario a su naturaleza, y procurándonos la unión con Cristo nuestro Dios. Llegará el momento en que tomaremos conciencia de que este amor que sentíamos por Dios y el Dios a quien se dirigía ese amor son una misma cosa y esa llama nos habrá consumido de tal forma que seamos una sola cosa con ella. Habremos desaparecido en el amor, el ser de Dios y habremos encontrado la perla preciosa, nuestro Nuevo Nombre y nuestra verdadera identidad de Hijos de Dios de la que los hijos terrenales son imagen. A propósito de esto podemos leer un hermoso texto de Bernardino de Laredo en las notas abajo.

Este amor espiritual es un amor a nivel ontológico distinto de lo sentimental o lo emocional. Se trata del mismo ser de Dios, la Paz que reposa en si misma eternamente. Al principio del camino, el Espíritu Santo suele despertar emociones y sentimientos piadosos hacia Cristo Dios que en si son buenos porque nos ayudan a desapegarnos de lo terrenal y encaminarnos hacia Él pero esos buenos sentimientos no son el fin de la vida Cristiana. llega el momento en que Cristo nos vacía de esos sentimientos y hace que nuestra relación con el pase al plano del Ser. A propósito de esto Franz Jalics indica en uno de los útiles diálogos que nos ofrece en su libro ejercicios de contemplación: “Quieres alcanzar a Dios. El anhelo de Dios es otra cosa. Se puede sentir de vez en cuando, pero es muy quieto y distendido. Generalmente no se siente, sino que se reconoce por sus efectos. Por ejemplo, si tienes dificultades con la meditación y, pese a ello, puedes seguir practicándola, sabes que te impulsa el anhelo de Dios. El ansia de Dios no es un sentimiento, y con frecuencia debe pasar por un periodo en que no se reconoce. Es preciso que pasemos del plano en que nos apoyemos en los sentimientos al plano del ser. Esto solo puede darse si nos son quitados los sentimientos y, no obstante, seguimos actuando por la fuerza de dicho anhelo.”

Un error en el que ha caído el catolicismo moderno (con excepciones) y otros movimientos cristianos consiste en identificar lo espiritual con el plano terrenal de los sentimientos en lugar de con el plano ontológico. Así podemos ver un cristianismo que busca despertar sentimientos piadosos mediante músicas sentimentales o palabras sentidas en lugar de fomentar un clima de silencio que favorezca la oración de recogimiento confundiendo el amor a Dios Espiritual fruto del Espíritu Santo con determinados sentimientos y emociones terrenales en el alma. El amor con el que los Cristianos estamos llamados a amar a Dios y al prójimo no es el amor terreno sentimental sino el mismo Dios amando en nosotros o reflejando en nosotros, como en un espejo, el amor que el mismo nos tiene a nosotros y a nuestros prójimos. En la medida en que nos acerquemos a Él seremos capaces de amarle y de amar al prójimo pues Él es el mismo amor y alejados de Él no podemos amar con el verdadero amor al que somos llamados los Cristianos, esto es, con Dios mismo.

Notas:

Bernardino de Laredo – Subida del Monte Sion “Entiendo que el amor suyo en su Dios es como una gota de agua infundida en un desmedido mar. Item, cresciendo más este amor por la mayor desnudez de todo cuanto no es Dios y por más disposición del ánima enamorada, la dignación divina recibe este amor, que en nuestras ánimas cría y ayunta nuestro amor criado en su amor infinito, llámase amor unitivo, porque ya está unido a Dios por la divina clemencia.

Es de notar que cada vez que nombramos este nombre, amor, mostramos virtud unitiva, que hace juntamiento del que ama y del que es amado y hace uno de los dos con verdadero atamiento de gracia ; mas entended que esta unión o este atamiento, tanto es más propio y más verdadero cuanto el amor se ha acrescentado en el ánima según las cuatro diferencias que de amar quedan mostradas. Donde es de notar que el ánima que desea infundirse y transformarse en el abismo y infinito amor increado es menester ser trasmudada en amor y que este amor vaya al centro donde salió, es a saber, a su Dios; por manera que sea la ánima como una piedra preciosa tan redonda, que no tenga entrada ni salida, la cual sea puesta en un relicario no menos ancho que altísimo, como otra vez se apuntó, donde la piedra se queda en relicario, sin que se pueda hacer caso de su cantidad. La piedra es nuestro amor criado. El relicario es el amor infinito. Ahora, aquesta pedrecita no se pierde de su ser, pero, por comparación del relicario en el cual está infundida, no queda que pensar de ella, sino en sólo el relicario que la rescibió y la tiene. Y puesto que son impropias aquestas comparaciones, nos abren algo los ojos para poder entender los menos ejercitados lo que tienen entendido los que se dan a quieta contemplación.

Mas aun para declarar este infundirse el ánima en el amor, podráse sentir así como se apuntó en el amor esencial. El amor que tiene esa ánima es una gota pequeña rescebida del abismo de las aguas de nuestro infinito amor.

De manera que está la facilidad de la contemplación quieta en amar sin condición y en infundirse nuestro amor en el infinito ; quiere decir, que el amado así se pierde de sí, que no queda nada de él por la infinidad del amor en quien hace su infusión. Y por esto dice el Herp «que el espíritu en este espacio cesa de vivir a sí mismo, porque todo vive a Dios». Hase, empero, de notar que aun nos pueden algún tanto aclarar más este venirnos al amor de nuestro Dios si vemos algún ejemplo que nos muestre la manera de transformarnos en él, así como hemos tomado la manera de infundirnos. Y así, podemos decir que el amor de nuestro Dios infunde en sí nuestras ánimas como el sol en el cristal, que lo esclaresce y penetra y se muestra dentro en él ; y nos transforma en su amor, como muda el hierro en fuego. Y se muestra su grandeza sobre nuestra poquedad como un espejo muy grande ante otro espejo chequito. Y si tomáis un espejo tan pequeño que no sea mayor que un real y lo metéis en una vasija de agua y lo ponéis hacia el sol, veréis en aquella partecica del espejo encerrada y recogida toda la rueda del sol, mayor que toda la tierra. Entenderéis por aquí que el sol vivo de Justicia, que es Cristo nuestro Señor con su infinita grandeza o en su esencia divina, se recoge y se encierra en lo interior del espejo de vuestra ánima aun estando sumergido en las aguas de esta nuestra honduosa vida.”

Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará. Levítico 6:12-13

El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. 1 Juan 4:8

Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. Mateo 22:36-40

Del Cuerpo Místico de Cristo

Es un error esperar a estar limpios para acercarnos a Jesús. Este error radica en el orgullo de pensar que podemos hacer el bien por nosotros mismos o que hay algo bueno en nosotros al margen de Cristo. Nosotros no podemos darle a Dios nada bueno que no hayamos recibido de Él previamente; y si le pretendemos dar algo que no hayamos recibido de Él ese algo no puede ser bueno. Si hay algo bueno en nosotros, procede de Dios; y si no procede de Dios, no puede ser bueno. San Pablo se refiere a esto cuando dice: “¿quien le dio primero para que le sea recompensado? 1Ro 11:35”

Absolutamente todo lo que esta destinado a permanecer en la eternidad procede de Dios y tiene su raíz en Dios. Esto queda ilustrado en la parábola de la viña y los sarmientos Jn 15:4-5 en el evangelio de San Juan. En esta parábola Jesús no solo nos dice que separados de El no podemos llevar ningún fruto sino que se identifica a Si mismo con nosotros de una manera plena. EL dice “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. De la misma manera que los sarmientos son parte de la vid, nosotros somos parte de Cristo. A esto es a lo que se refiere San Pablo cuando habla de que la iglesia (los cristianos) somos el cuerpo de Cristo. En el Hombre regenerado, aquel que como San Pablo dice “ya no vivo yo sino que Cristo vive en mi Ga 2:20” nada hay sino Cristo solo. El Hombre regenerado es Cristo. Habiendo sido injertado en el cuerpo de Cristo, teniendo la mente de Cristo  1 Co 2:16, comparte una misma voluntad y una misma conciencia (que son Cristo mismo) con Cristo. Ha sido hecho partícipe de la Sabia, la Sangre, La Vida de Cristo, La Vida Eterna. En este Hombre Cristo dice “YO SOY”. Nada hay en este Hombre que no sea Cristo; nada es este Hombre que no sea Cristo. Cristo se conoce a Si mismo en este Hombre y este Hombre descansa en el Ser de Cristo no ya como algo separado a Si, sino como en su propio Ser (del Hombre). Esta conciencia Crística es a la que alude Cristo en su oración “que todos sean uno” Jn 17. Este Hombre a conocido su verdadero Nombre, la porción finita del Cristo infinito que Cristo le ha concedido conocer, manifestar y ser (ver entrada De Los Nombres De Dios). Esta conciencia Crística es el trono de Dios en el que los Cristianos están llamados a sentarse (Ap 3:21). Jesucristo nos concede como una Gracia por su bondad y misericordia lo que el Anticristo  1Tes 2:4 (y análogamente nuestro orgullo, el hombre viejo el Anticristo en nosotros) trata de usurpar y obtener al margen de Cristo. Sentarnos en su trono; Ser. El único trono de Dios es Cristo, Dios mismo. Ese acto de usurpar, que en esencia es el mismo error que cometemos cuando pretendemos limpiarnos por nosotros mismos al margen de Cristo atribuyéndonos a nosotros mismos alguna bondad al margen de Cristo, es el propio Anticristo y mas profundamente, la ilusión de “Ser” algo al margen de Cristo es el propio Anticristo. Solo Cristo es. y en la regeneración no habrá nada que no sea Cristo. Todo será Cristo y Cristo será todo. “y Dios será todo en todo” 1Co 15:28.

Así pues, no tengamos miedo de acercarnos a Jesús en aquellos momentos en los que la percepción de nuestra maldad nos abrume, cuando no veamos en nosotros nada bueno ni podamos detectar en nosotros ningún amor a Jesús o a los demás. Acerquémonos a aquel que dijo: Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores Mr 2:17. Acerquémonos a Él conscientes de que no podemos ser capaces de nada bueno para merecer su ayuda, de que su ayuda no puede estar fundamentada en ningún mérito ni en ninguna bondad previa nuestra sino solo en su bondad y en su misericordia porque si hay algo bueno en nosotros es don suyo y si no es don suyo entonces no puede ser bueno.

Que Jesús nos limpie de todo lo que no sea Él.

Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Mr 2:17

Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Mr 10:18

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Ga 2:20

Pero nosotros tenemos la mente de Cristo. 1 Co 2:16

Pero el que se une al Señor, es un espíritu con El. 1Co 6:17

Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. 1 Co 12:27

¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? 1Ro 11:35

Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. Ap 3:21

Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos. 1Co 15:28

donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos. Colosenses 3:11

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como sarmiento, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Juan 15:4-6

el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios. 1 Tes 2:4

Vi también como un mar de vidrio mezclado con fuego; y a los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre, en pie sobre el mar de vidrio, con las arpas de Dios. Ap 15:2