Miedo, apego y deseo

La búsqueda de seguridad se encuentra en la base de nuestras conductas y motivaciones. La amenaza de la muerte en todas sus manifestaciones ocasiona un estado permanente de carencia de seguridad y temor que motiva esta búsqueda de seguridad.

El miedo surge ante la amenaza de perder algo en lo que fundamentamos nuestra seguridad. El apego, su hermano, es el asimiento a eso que nos infunde seguridad. Ambos son enemigos de la libertad y condicionan nuestra conducta. El deseo, por su parte, esta muy relacionado con ellos, y es el apego hacia lo que aún no tenemos y que imaginamos que nos va a traer esa seguridad que anhelamos basándonos en nuestra interpretación de la realidad fruto de nuestras experiencias previas.

En esencia, nuestras conductas son un esfuerzo por salvaguardar aquello a lo que estamos apegados y protegerlo de su muerte y de conseguir aquello que deseamos por considerar que nos va a traer esa seguridad anhelada. El miedo, el apego y el deseo, son los motores que mueven al hombre terrenal – ego – hombre viejo. La huida de la muerte es lo que motiva todas sus acciones.

Hasta que el hombre no haya fundamentado su seguridad en Dios, la vida será una continua muerte y un fracaso. Muerte de todo aquello en lo que había fundamentado su seguridad. Fracaso de sus esfuerzos por protegerlo de la muerte y fracaso de sus deseos, ya que, aun siendo satisfechos, no conseguirán proporcionar la seguridad anhelada y su objeto, aun cumplido, seguirá bajo la amenaza de la muerte que cubre todo lo terreno. Esta muerte de todos los lazos terrenos es inherente a la vida, fundamental en el camino y muchas veces necesaria para nuestra conversión. Cuando el hombre ha atisbado la fragilidad de sus ídolos y toma conciencia de la inestabilidad de sus apoyos, sumido en el fracaso, sin nada a lo que poder aferrarse, vuelve su corazón a Dios, el único en quien nuestra alma puede reposar segura, libre de toda muerte y de todo temor.

Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar. Salmo 46:1-2.




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La Canción de las canciones

Así como una onda sube y baja en igual medida hasta que cesa la vibración, a cada alegría terrena le sigue una tristeza directamente proporcional. La ausencia de lo que causaba la alegría llega, pues en esta vida todo es impermanente, y tiene lugar una pequeña muerte que nos anticipa nuestro irremediable final donde todo apego y toda cadena que nos une a este mundo serán disueltos.

Es ahí, donde ya no hay mas vibración, donde está el lugar de lo inmutable, de lo eterno, de Dios. Ahí esta el silencio que sostiene todos los ruidos; el vacío lleno que sostiene todas las ondas; la esencia que sostiene todos los fenómenos; el lugar donde no hay si-no sino solamente el gran SI, lo que Es.

Pongamos nuestra esperanza y busquemos nuestra alegría en el inmutable, busquemos alcanzar ese gran silencio de la muerte mística donde el aspirar – espirar de la respiración cesa, el péndulo se detiene, la serpiente alza el vuelo, la canción de nuestra vida se silencia y deja lugar a la canción de las canciones y ya no hay perturbaciones temporales sino solo la presencia de El Que Es; El Gran Rey Cristo Jesús; nuestro Señor y Salvador.