Virtud y anhelo de Dios

Hay una virtud que nos acerca a Dios y una falsa virtud que nos aleja de Él.

La virtud verdadera nace del anhelo de Dios y esta siempre acompañada de una dependencia total de Dios. Conduce a la infancia espiritual; una actitud de mirada sencilla y buena hacia Dios que se regocija en su dependencia total de Él y no desea sino agradarle y caminar con Él. Esta virtud nace del anhelo de Dios y su camino acrecienta esta misma sed. Este anhelo, esta sed de Dios, es lo que realmente nos acerca a Dios y es la auténtica virtud. Es como un vacío que debe generarse para que Dios pueda llenarlo. Esta sed está oculta en todos; el camino recto que conduce a Dios es el que hace que esta sed aflore.

La falsa virtud puede ser exteriormente intachable pero no nace del anhelo de Dios sino del deseo de ser por nosotros mismos al margen de Dios. Busca justificarse asimisma ante Dios. Es una virtud que nos encierra en nosotros mismos en lugar de abrirnos a Dios. Nace del orgullo y engendra orgullo. A diferencia de la verdadera virtud, esta no se regocija en su dependencia de Dios. Quisiera ser grande y virtuosa por si misma y aborrece la verdad de su indigencia; de que no tiene nada y que no es nada sino que todo lo recibe de Dios. En el corazón de esta virtud esta el deseo de caminar sola, alejada de Dios, y no desea sino autocontemplarse y regocijarse en si misma en luciferina autoadoración.

Regocijémonos en nuestra total dependencia de Dios y pidámosle a Cristo nuestro Dios que la luz de su presencia ilumine nuestras tinieblas.


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