El espejo del alma

Podemos comparar el alma del hombre con un espejo. En su estado natural, ese espejo esta ennegrecido y no puede captar ni reflejar a Dios. En este estado, el pensamiento conceptual y su manera de etiquetar la realidad mediante el lenguaje, forman un falso suelo sobre el que nos apoyamos que nos impide percibir la presencia de Dios, distorsiona la realidad que advertimos a través de los sentidos y nos hace percibirnos como entes separados de todo lo demás. Dividimos la realidad en conceptos y nos identificamos con el permanente discurso mental que forma una especie de nube que impide que la presencia de Dios nos ilumine. El amor de Dios es inmutable, y su presencia aquí y ahora mas real que cualquiera de los fenómenos que percibimos a través de los sentidos, pero no podemos percibirlo. teniendo ojos no vemos y teniendo oídos no oímos. Marcos 8:18. Nuestro espejo está manchado por la caída, no puede reflejar a Dios, e incapaces de vivenciarnos como esa nada capaz de recibir y reflejar al todo, nos identificamos con la suciedad que recubre nuestro espejo.

Es el Espíritu Santo el que debe limpiar la suciedad de nuestra alma. A medida que se va efectuando la purificación vamos siendo cada vez mas capaces de percibir la presencia de Dios. Frases Verdaderas como “Dios es bueno” que antes nos sonaban a clichés vacíos adquieren una nueva dimensión porque vivenciamos experiencialmente su verdad y una profunda y serena alegría inunda nuestro interior y nos colma de paz. Nos maravillamos y alegramos profundamente de que Dios sea y por primera vez nos alegramos de existir y captamos un atisbo de la verdadera felicidad. El mundo va perdiendo su carácter hostil y amenazante y comenzamos a experimentar la realidad exterior como amiga en un comienzo de transfiguración. AL sentir el amor de Dios nos sentimos reconciliados con nosotros mismos, con todos y con todo lo demás. “Si Dios es con nosotros, quien contra nosotros?” Romanos 8:31. El simple recuerdo de que Cristo es, que antes no nos decía nada, despierta una profunda alegría y elevamos a Él nuestro corazón como un niño que se abandona en las manos de su Padre. Los mecanismos de defensa que nuestra personalidad había desarrollado ante el sufrimiento y la hostilidad se van deshaciendo, nos hacemos mas sencillos y empezamos a vivenciar el verdadero significado de la infancia espiritual. La profunda Paz de Cristo reverbera en nuestro cuerpo disolviendo los bloqueos y purificando las puertas de la percepción haciendo que la realidad se transfigure introduciéndonos en el paraíso perdido por la caída y la realidad exterior se muestra con una nueva nitidez, grandeza, hermosura y majestuosidad y la contemplamos maravillados y llenos de asombro.

Que el espíritu de Cristo reine en nuestros corazones y nos guie a la Paz profunda de su santa presencia; lo único que es.